Todas y cada una de las religiones tienen una explicación sobre el origen del hombre. Para el cristianismo, el primer hombre, que recibió el nombre de Adán, fue modelado con barro. Fue una vez creado el hombre cuando Dios, para que el hombre no estuviera solo, decidió crear a la mujer y lo hizo a partir de una costilla de Adán.

La historia de la relación entre esa primera mujer, Eva, y ese primer hombre, Adán, está en la mente de todos. Quien más quien menos conoce la historia del Jardín del Edén, ese Paraíso en el que el primer hombre y la primera mujer podían comer todos los frutos menos uno. Ese fruto era el que crecía en el árbol de la ciencia del bien y del mal y ése fue, precisamente, el que, engañada por una serpiente, comió Eva y también fue ése el que, por indicación de ésta, acabó comiendo Adán.

Esta historia ha servido para que los integristas de la religión católica hayan teorizado a lo largo de los siglos sobre la supuesta “maldad” de la mujer o sobre cómo ésta ha sido, comúnmente y en mil y una historias, la representación carnal del pecado, el agente demoníaco de la tentación, la culpable de que los hombres, de un modo no siempre metafórico, acaben perdiendo la cabeza por culpa de una mujer. Así le había pasado al primer hombre, que se había visto condenado a vagar por el desierto y a tener que trabajar para ganarse el pan tras caer en la tentación de Eva, y así la pasaría después a otros personajes bíblicos como Sansón, Holofernes o Juan el Bautista con mujeres como Dalila, Judith o Salomé. De hecho, los dos últimos hombres citados no es que perdieran metafóricamente la cabeza por culpa de Judith y de Salomé: es que la perdieron literalmente. Una de ellas acabó expuesta, como símbolo de triunfo, sobre las puertas de una ciudad israelí; la otra, en una bandeja de plata.

Pero más allá de la simbología y de las advertencias de los moralistas, más allá de todas esas historias que nos hablan de cómo el hombre y su estabilidad son puestos en peligro por la mujer, lo cierto es que el hombre sueña y sueña y vuelve a soñar otra vez, a diario y machaconamente, con la compañía de una mujer idealizada que, bella y seductora, atractiva e inteligente, le tiente con sus encantos y le haga abandonar el desierto del día a día para acompañarle por los caminos de un Edén repleto de placeres.

El imperio de lo romántico ha hecho que, tradicionalmente, el hombre se vea empujado a fabular con la posibilidad de que esa mujer idealizada se convierta en la compañera de viaje para toda la vida. La historia ha demostrado que, como dijo aquél, en la vida todo es sueño y los sueños, sueños son. Que la rutina matrimonial resta lustre al deseo es algo sobre lo que se ha escrito reiteradamente a lo largo de la historia. Que el día a día mata la pasión es algo consabido. Por eso los hombres experimentados, los que saben de la vida, los que conocen los entresijos de las relaciones humanas, saben perfectamente dónde buscar, cómo encontrar y de qué modo disfrutar de esa mujer idealizada y soñada. Para esos hombres hay una palabra mágica que encierra todo lo que el hombre busca en la mujer desde que Dios la creara con una costilla suya y esa palabra es escort.

La escort, la acompañante de lujo, la señorita de compañía, la callgirl, esa mujer a la que muchas veces, con tono injustamente despectivo, se la llama prostituta de lujo, es la mujer que, haciendo que el hombre pierda temporalmente la cabeza por su exquisita combinación de elegancia y lujuria, de belleza y ardor, se la vacía no obstante de estrés y de preocupaciones, de neurosis y desasosiegos. Nada como la compañía de una escort de lujo para que un hombre sienta cómo su cabeza se limpia de cavilaciones, se libera de angustias, se entrega al placer de sentir en el pecho el retumbar excitado de los latidos que se desbocan de pasión y deseo.

Las acompañantes de lujo, con su mesurada aleación de educación y belleza, con su irresistible fusión de saber estar y hermosura, son el sueño masculino hecho realidad. Alejadas del aroma manido de la rutina y el desencanto, centelleantes como estrellas fugaces, las escorts son la esencia de la mujer recién descubierta, la costilla recién sacada del pecho de Adán en el Jardín del Edén, la novedad que se resistirá siempre a convertirse en rutina, el chispazo sensual que enciende la llama del deseo con el arrebato propio de los enamoramientos y que hace que el hombre se olvide de todo, se eleve sobre todos sus problemas y se brinde, encandilado, a festejar sin mesura, tabúes ni fronteras la maravilla de la vida.

En una agencia de escorts, en un apartamento privado, en un cuarto de hotel, en el propio domicilio… en todos esos lugares el heredero de Adán encuentra a su Eva particular en la figura de una callgirl, pero esa Eva, lejos de ser demoníaca, lejos de ser una enviada de El Maligno, lejos de arrastrarlo a los pozos más infectos del destierro, lo eleva a las cumbres del placer, a la gloria misma, al espacio en el que Dios, envidioso de su propia obra, comprueba cómo el hombre se atreve a compararse con Él cuando, entre los brazos de una bella, inteligente y lujuriosa prostituta de lujo, se derrite de placer.

Dicho esto sólo queda invitaros a conocer las mejores escorts en Bilbao aunque si quieres encontrar variedad, estas se encuentran en las dos ciudades más grande de España: escorts en Madrid y escorts en Barcelona. Si estás de paso por una de estas ciudades, verás lo bien que reciben a los visitantes.